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A través del espejo

Una mirada atrás:

Posted on Marzo 23rd, 2012 by henrietta
Posted in Un poco de todo | No Comments »

Me despertaba cada mañana más desmotivada: día tras día encerrada en un aula con universitarios que parecían tan interesados por aprender como yo lo habría estado a su edad por convertirme en deportista de élite. Me era difícil entender qué habían estudiado antes. Daba la impresión de que nunca habían oído hablar, por ejemplo, de la “Bauhaus”. En mi época de estudiante esto habría sido impensable y lejos de sentirme realizada enseñando a universitarios, a menudo tenía la sensación de enfrentarse a adolescentes ignorantes. Lo único que me animaba a acudir a la universidad era la cercanía de una resolución del expediente de adopción. Había conocido a Steve dos años atrás en un centro de acogimiento de menores en Kiev. Entonces ya sabía bien lo que era ser madre en solitario. Lo había vivido en casa desde niña. Y aunque Madeline no podía considerarse una madre convencional, nunca había sentido un vacío por la falta de padre y tener una madre artista había sido una grata experiencia. Nuestra casa siempre olía a pintura y a cualquier hora que llegase siempre estaba mamá. Cuando tuvo que explicar de pequeña a qué se dedicaban mis padres, me pasó algo peculiar. Por primera vez me di cuenta que los niños normalmente tenían padre y madre. Yo apenas sabía nada de mi padre: Benjamín Malcolm. Y mi madre no era una típica mamá que trabajaba en un despacho de 9 a 5, como la mayoría de las otras madres. Ella trabajaba en casa, a todas horas, de día, de noche, fines de semana… Pero también tenía tiempo libre para mí, suficiente para no haberme sentido nunca diferente. Ahora tenía la convicción de que sería una excelente madre. Por eso cuando vi la cabecita rubia de Steve y sus curiosos y tristes ojos azules supe que el destino nos uniría, que no nos habíamos encontrado por casualidad. Mi intención era trabajar hasta final de curso y entonces pedir una excedencia por varios años. Quería disfrutar de la maternidad. Esperaba la resolución del expediente en un par de meses, como máximo, en junio. Entonces podría ir, por fin, a recoger a Steve de ese horrible lugar. En casa tendría una vida mucho mejor y todo el cariño que le habían negado hasta entonces. Su sonrisa había dejado de ser tan triste desde la segunda vez que le fui a ver, siempre con algún regalo, que pensaba podía gustarle. A Steve se le daba muy bien dibujar. De hecho, lo hacía francamente bien para un niño de sólo 3 años. Apenas podía contener la emoción. Me despertaba, en ocasiones, soñando con él. A René la idea no pareció gustarle mucho al principio. Pero con el tiempo se había acostumbrado a oír a hablar de Steve. Incluso habíamos ido juntos a verle en el último viaje. A Steve pareció gustarle René y a él también el pequeño. Tal vez debería darle una oportunidad a René. A lo mejor a Steve le iría bien tener un padre en casa. ¿Por qué no podría ser René tan bueno con nosotros como mi padre lo había sido con Madeline? Hasta que leí el Diario de mamá, nunca había sospechado que ella había conocido a su hombre perfecto aunque esto no era lo más sorprendente de su Diario. Eran sus viajes en el tiempo lo que me había cautivado y me absorbía y de qué manera. Al punto de querer dejar mi trabajo y dedicarme sólo a escribir sobre el círculo. Cuanto más leía el Diario de mamá, más me convencía de que las personas somos una auténtica caja de sorpresas. Y al fin llegó el esperado día en que tuve toda la documentación necesaria en mis manos para poder ir a recoger a Steve. René no pudo acompañarme. Estábamos a final de curso y no era un buen momento para poder viajar. La alegría mía y de Steve era difícil de resumir en una frase. Me había planteado, en ocasiones, las dificultades que podría suponer para un niño tan pequeño, de apenas tres años, cambiarlo de país: un idioma nuevo; lugares completamente desconocidos… pero todo pareció ser más fácil de lo que había imaginado. Parecía que nos entendíamos de forma intuitiva y natural. Empezó así el verano más feliz de mi vida. Con Steve en casa; René intentando asumir su nuevo rol y el Diario de Madeline pidiéndome a gritos que empezase a poner en orden todas sus historias.

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