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A través del espejo

Compartiendo experiencias:

Posted on Enero 28th, 2012 by henrietta
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             “¿Has experimentado un viaje en el tiempo? Si quieres compartirlo, escríbeme al apartado de correos 99, Berna 1. Máxima discreción”.

              Bernard, que estaba hojeando el periódico, tuvo que leer dos veces el anuncio. La oficina de correos de Berna 1 estaba aún vacía y el aroma del primer café de la mañana inundaba la estancia. Si alguien lo hubiese visto, realmente pensaría, por la expresión de susto de su mirada, que acababa de ver a un extraterrestre. ¿Acaso le tocaría a él colocar las respuestas a aquel curioso anuncio, que no tenía ni pies ni cabeza, en el apartado 99? A lo mejor, simplemente no habría respuestas, que sería  lo más sensato. De todos modos, la curiosidad pudo con él y buscó en el ordenador quién era el titular del apartado: Henrietta Meyer. Se fijó en que el apartado acababa de alquilarse hacía poco… El resto de la mañana fue muy ajetreado, así que Bernard casi se olvidó del extraño anuncio.

              A Henrietta se le ocurrió la idea de publicar el anuncio en distintos periódicos después de darle muchas vueltas. Se había asegurado de que se publicase en periódicos en francés, alemán e italiano.

              La verdad es que cuando había empezado a leer el Diario de Madeline pensó que todo era fruto de su imaginación. Sin embargo, con el tiempo se dio cuenta que no, que algo de verdad tenía que haber en todo aquello. Por rara que fuese su madre, nadie podía imaginar con tanto detalle ni describir de forma tan plástica episodios de historia, sin haber estado ahí. Era absolutamente imposible.

              Ahora sólo le quedaba esperar a ver si alguien respondía a su anuncio. No esperaba una avalancha de correspondencia pero sí tenía la expectativa de recibir algún testimonio de experiencias similares.      

              Pasaron varios días y Bernard ya ni se acordaba del anuncio que lo había dejado perplejo unos días atrás. Sin embargo, de repente se fijó en una gruesa carta que iba dirigida al apartado de correos 99, Berna 1. La depositó en el apartado, que estaba vacío, y pensó cuánto tardaría la sra. Meyer en ir a recogerlo. ¿Qué tipo de persona podía mandar un anuncio como aquél? ¿Y quién podía responder? A lo mejor, no tardaría mucho en ir a buscar la correspondencia y él estaría ahí para fijarse y satisfacer su curiosidad. O mejor aún, ¿y sí abría la carta y la leía? En los veinte años que llevaba trabajando en aquella oficina nunca se le había pasado por la cabeza leer la correspondencia ajena. Sin embargo, aquel anuncio lo había dejado realmente anonadado y su curiosidad era tal que no pudo resistirse. Volvió a coger la carta y la introdujo doblada en el bolsillo derecho de su pantalón. Era tan gruesa que abultaba muchísimo y sobresalía del bolsillo, así que no podía hacer otra cosa que ir al almacén a leerla discretamente lejos de cualquier compañero.

              Bernard casi no podía creer lo que estaba haciendo. Abrió la carta lentamente, procurando no romper el sobre. Siempre podía volver a cerrarlo y depositarlo en el apartado deseando que la sra. Meyer no se diese cuenta de que alguien lo había abierto. La carta estaba escrita en alemán y venía de Salzburg. La mandaba J. O. y empezaba diciendo:

              “Soy un anciano. He vivido casi cuarenta años sufriendo por mis visiones, incapaz de compartir con mi familia estas intermitentes experiencias, que me han llevado incluso a visitar a mis antepasados. Como puede imaginar, cuando leí su anuncio, no me decidí a escribirle inmediatamente como tampoco me he decidido nunca a explicar a un psiquiatra lo que me ocurría, temeroso de sufrir alguna enfermedad mental y, sin embargo, lo que he vivido parecía tan real que me animé a compartirlo con usted.

              Mi primera experiencia se remonta a cuando era un niño de no más de seis o siete años. Estaba en el jardín jugando con mi hermana mayor cuando de repente sentí como si una fuerza me arrastrase y, de repente, todo empezó a dar vueltas a mi alrededor. Cuando, por fin, paró, estaba solo. A lo lejos se veía un tío vivo solitario, bajo un cielo azul, sin nubes. Nunca he sabido si fue un sueño o fue real. Allí estaba yo, caminando entre los caballitos, acariciándolos uno a uno, casi sin poderme creer lo que estaba viendo, hasta que me fijé que al lado había un patio lleno de juguetes: caballos de madera, autos de todos los tamaños y colores: amarillos, verdes, azules como el cielo… Sin embargo, todo se desvaneció cuando oí la voz de mi padre, que me llamaba. Desaparecieron el tío vivo y todos los juguetes. Aunque volví a donde creía que estaba ese lugar, nunca más lo pude encontrar.

              En otra ocasión, me encontré a bordo de un tren, en el preciso instante en que un revisor anunciaba:

              – “Acabamos de llegar a Pekín. Fin del viaje”.

              Mi abuelo Jan intentaba despertar a Ben, su incansable compañero, adormilado durante el último trayecto del transiberiano, mientras él contemplaba el paisaje. Lo reconocí al instante por las iniciales de su baúl: J.O. Por aquel entonces ya había leído yo su crónica del viaje a China.  

              Desde que salieron de Moscú, a –7º, un primero de marzo, pasaron más días de los que supusieron al principio. Ben no pudo reprimir sus ganas de conocer Rusia más a fondo y mi abuelo se resignó. No podía, sin embargo, quejarse. Disfrutaron de lo lindo cruzando las heladas llanuras y a medida que se alejaron del gélido país y se adentraron en China, pudo empezar a escribir sus impresiones sobre aquel viaje.

              Ben no tenía un carácter tan tranquilo como mi abuelo. Era inquieto por naturaleza y con una curiosidad siempre pronta a descubrir qué se ocultaba tras cualquier esquina. Mientras mi abuelo descansaba, Ben correteaba incansable buscando conocer la esencia de cada lugar en el que se detenía el tren. Todas las estaciones le parecieron iguales a Jan. Sin embargo, cada ciudad le produjo una emoción latente, que se apresuró a plasmar en las páginas de su última crónica, sabiendo que el testimonio de su gran amigo tenía un valor incalculable.

              Entonces Jan ya había logrado convertirse en un famoso escritor. Rápido alcanzó la cima y, sin embargo, cuando Ben le propuso un viaje en el Transiberiano, vio la ocasión ideal para escribir algo diferente: su primera crónica de viajes. Tardaron poco en decidirse. Ben necesitó sólo encontrar tiempo; el dinero no era problema. Sus prósperos negocios le permitían todos los caprichos posibles y, sin embargo, nunca parecía tener tiempo para alejarse del mundanal ruido hasta que alguien le habló del Transiberiano, un tren que recorría Siberia, desde Moscú, llegando a Pekín.

              Y allí precisamente estaban: en Pekín, camino del buque que los devolvería a casa. Ben necesitaría muchas tardes para explicar todas sus aventuras a sus socios y mi abuelo Jan tendría tiempo en el barco para ordenar sus ideas y acabar de describir los lugares por donde discurrió su viaje, las personas que habían encontrado, la proximidad de aquellas gentes, su hospitalidad y una amabilidad tal que en más de una ocasión les tentó a instalar su baúl en uno de los magníficos hoteles en los que se alojaron. Así conocí a mi abuelo.

              Espero que mi relato le haya sido útil y quedo a su disposición en caso de que sea de su interés intercambiar sus experiencias. He sentido un gran alivio al sentirme capaz de poner por escrito estos recuerdos.”

              Bernard no podía creer lo que acababa de leer. Era evidente que había muchos locos en el mundo. Lo mejor que podía hacer era devolver la carta al apartado de la sra. Meyer y confiar en conocer algún día a la persona que había provocado esta extraña experiencia.

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